Una cita desafortunadamente inolvidable
Sábado, 10 de julio de 1976: en la frontera entre Meda y Seveso (actualmente en Brianza, pero entonces en la provincia de Milán), el sistema de control del reactor químico A101 de la planta ICMESA sufrió una avería. Eran las 12:28 de una calurosa tarde de verano. Italia acababa de celebrar sus primeras elecciones generales, las primeras en las que los jóvenes de 18 años podían votar. Los democristianos ganaron, a pesar del buen resultado del PCI. Giulio Andreotti pronto se convertiría en Primer Ministro, y obviamente nadie prestaba mucha atención a una planta química en la provincia de Lombardía. Sin embargo, aquella avería fue el primer indicio de un grave desastre ambiental. La nube tóxica liberada era visible a simple vista y envenenó el aire en varios municipios, especialmente en Seveso. La nube era de dioxina, una de las sustancias químicas más tóxicas que se conocen. Los animales, en particular, sufrieron las consecuencias.
El papel de los cazadores
Exactamente 50 años después de aquel desastre, vale la pena recordar el papel que desempeñó la comunidad de cazadores para prevenir un escenario aún peor que el que finalmente se produjo. Los animales se convirtieron en "centinelas", ya que sus enfermedades y muertes repentinas revelaron el desplazamiento de la nube tóxica. Para limitar el riesgo de contaminación, se solicitó la intervención de los cazadores en la zona afectada, quienes apoyaron a las autoridades con un programa preciso de sacrificio y eliminación de animales. Los informes hablan de 80 animales afectados, incluyendo muchos animales salvajes que habrían corrido el riesgo de comprometer irreparablemente la cadena alimentaria. La labor de los cazadores fue impresionante: las principales asociaciones de caza —principalmente Federcaccia y la Agencia Nacional para la Protección y Promoción de la Cría y Caza de Perros— lograron identificar, localizar y sacrificar con éxito a los animales contaminados por la dioxina.
Colaboración con veterinarios
Igualmente importante fue la vigilancia ambiental que realizaron las propias asociaciones de cazadores durante el verano de 1976: se proporcionó el apoyo logístico necesario y la caza se limitó considerablemente en la zona de Brianza, donde se encontraba la nube de dioxinas. La colaboración con los veterinarios para observar a los animales y detectar sus síntomas también fue fundamental. En resumen, un compromiso crucial (sin la comunidad de cazadores, el desastre de Seveso habría sido aún peor), pero que, como suele ocurrir en este país, pasó desapercibido.






































